Las Escrituras sostienen a la Iglesia y la Iglesia custodia las Escrituras. Si la Iglesia florece, las Escrituras brillan. Si la Iglesia está enferma, las Escrituras se llenan de polvo. Por eso, el rostro de la Iglesia y el rostro de las Escrituras siempre muestran ambos en simultaneo o signos de salud o de enfermedad.
