Ciertos cristianos, y en especial los predicadores, creen a menudo que, cada vez que se encuentran con otros hombres, su único servicio consiste en «ofrecerles» algo. Se olvidan de que el saber escuchar puede ser más útil que el hablar. Mucha gente busca alguien que les escuche y no lo encuentran entre los cristianos, porque estos se ponen a hablar incluso cuando deberían escuchar. Ahora bien, aquel que ya no sabe escuchar a sus hermanos, pronto será incapaz de escuchar a Dios, porque también ante Dios no hará otra cosa que hablar. Introduce así un germen de muerte en su vida espiritual, y todo lo que dice termina por no ser más que verborrea religiosa.
El que no sabe escuchar detenida y pacientemente a los otros hablará siempre al margen de los problemas y, al final, ni se dará cuenta de ello. El que piensa que su tiempo es demasiado valioso para perderlo escuchando a los demás, jamás encontrará tiempo para Dios y el prójimo. Sólo lo encontrará para sí mismo, para su palabrería y sus proyectos personales.
Aplicada al prójimo, la cura de almas se distingue fundamentalmente de la predicación en que a la misión de hablar se añade la de escuchar.
Fuente: Bonhoeffer, Dietrich, Vida en comunidad, Ediciones Sigueme, Salamanca 2003, p. 90s.
