Quien no ha seguido al viejo hombre en sus caminos erróneos y no le ha escuchado en sus mentiras y autoengaños, quien no conoce a fondo la tumba blanqueada de su propia justicia y la falacia de la virtud natural, no puede quitar la venda de los ojos de los demás. Quien no ha comenzado él mismo la batalla contra su carne y la continúa diariamente, quien no ha experimentado la mano auxiliadora del Señor en el poder de su santa palabra y de los sacramentos, puede tal vez decir algo al respecto y hablar con clichés, pero un corazón angustiado no encontrará satisfacción en ello. Quien no ha reposado en el seno del Señor y no sabe cuán dichoso le hace su amor, no puede invitar a otros a que vengan a gustar y sentir cuán misericordioso es el Señor… Despreciar el racionalismo y a sus seguidores no tiene ninguna justificación si el propio corazón no se ha liberado también de él. Sólo quien sabe por experiencia que el Espíritu Santo puede convertir a pobres pecadores en hijos de Dios, puede también pedir y exhortar, guiar y conducir a otros de forma correcta a seguir los mismos caminos.
