El pastor también debe administrar la Iglesia, pero el reino del Señor no es de este mundo y, por tanto, es administrado por medio del poder de la verdad y por medio del poder del amor que lleva la cruz. Él no debe proteger a la Iglesia con la endeble espada que fabrican las manos de los hombres, sino con la espada siempre victoriosa de la Palabra de Dios y con la intercesión al Señor, que compró el rebaño con su sangre y que dijo: «Que nadie los arrebate de mi mano.»
Él debe apacentar a la Iglesia en verdes pastos y alimentarla con el pan de vida y el agua de vida, que es la Palabra de Dios. También debe mantener a la Iglesia continuamente atenta al juicio, pues debe proclamar a Aquel que dice: «El que no cree en mí ya está condenado, porque no cree en el nombre del Hijo unigénito de Dios, en quien sólo hay vida y salvación; pero el que cree en mí no está condenado, pues tiene el perdón de todos sus pecados. (Juan 3:18)»
El pastor no sólo debe alimentar, cuidar y proteger, también debe buscar al perdido y ir tras el extraviado hasta encontrarlo, debe levantar la voz en el desierto, atraer, llamar como llama una madre cuando busca a su hijo, no como un siervo indiferente, sino que debe suplicar y exhortar con amor de corazón por las almas de los renegados. Debe saber que se pedirá cuentas por cada alma que se pierda sin haber puesto en conocimiento de la salvación.
Cuando un miembro del rebaño yace en el desierto, medio muerto y completamente despojado por quién es el asesino y mentiroso desde el principio, no debe pasar de largo de él, sino que debe lavar sus heridas con el vino de la verdad y aliviar el dolor con el aceite de la gracia, y también conducirlo a casa, a la posada, a aquél que es el único posadero verdadero en la casa de Dios.Debe ser capaz de llorar por la Iglesia, aunque ella no considere lo que sirva para su propia paz y bien.
Por tanto, quien administra su oficio así puede llamarse y ser llamado pastor.
Y quién quisiera administrarlo así, pero siente su debilidad, puede llevar el nombre «pastor» como una forma de humillarse a sí mismo y como un continuo incentivo y aguijón para procurar a administrar debidamente la Iglesia.
