- La definición biológica
Las características de la vida son el metabolismo, el movimiento, el crecimiento y la reproducción. La condición de la vida es la presencia de células con material genético. La vida es un acontecimiento que tiene lugar en varios niveles de integración (células, órganos), que forman un todo autorregulado y centralizado, el organismo, que constituye al individuo como portador de vida. En los organismos superiores con reproducción sexual, la vida comienza con la fusión del material genético paterno y materno. Esta nueva combinación constituye la base de un individuo genéticamente único y pone en marcha un proceso continuo de desarrollo de la vida que termina con su muerte. Desde un punto de vista biológico, el organismo sirve para heredar el material genético y, en cuanto organismo es mortal, mientras que el material genético perdura en la descendencia (especie). La muerte se produce con el colapso irreversible de las funciones integradoras del organismo (sistema nervioso central, sistema cardiovascular). En los animales superiores, especialmente los mamíferos, el cerebro constituye la instancia integradora central, de modo que con la muerte cerebral el organismo se descompone irrevocablemente en sus partes en poco tiempo. Los organismos son «sistemas abiertos» autoorganizados que sólo pueden vivir y reproducirse en interacción con su entorno.
2. La definición antropológica
Tradicionalmente, se ha distinguido entre vida física y psíquica y se ha denominado alma (en alemán: Seele) al «aspecto interior» de la vida, en contraste con el «aspecto exterior», el cuerpo (en alemán: Körper). En su interacción con el entorno, cuerpo y alma forman un todo, la vida corporal (en alemán: Leib). Es tanto el campo en el cual se expresa constitutivamente el «alma» como el campo por donde entran en contacto con el «alma» el etorno social y el medio ambiente, y por ende también la cultura (Heinrich Plessner). La vida sólo existe como vida corporal (en alemán: leibhaft), se lleva a cabo en relaciones que establece el entorno social y natural con la existencia corporal (en alemán: leibhaft) y dentro de la vida corporal (en alemán: Leib) como relación entre el alma y el cuerpo (en alemán: Körper). El «mundo interior» (alma) se construye a través de relaciones con el mundo fuera del cuerpo (en alemán: Mit- und Aussenwelt). El «ser-en-relación» (en alemán: Sein-in-Beziehungen), el depender de los demás y de otras cosas, ontológicamente prevalece sobre la “autosuficiencia”, el “vivir de uno mismo” (en alemán: Aus-sich-selbst-Leben).
La tradición occidental ha insistido en que el alma es el principio de la vida. Desde Platón, la particularidad de la vida humana suele explicarse por el hecho de estar dotada de un alma espiritual que participa ontológicamente de lo «divino». Esto correspondía al dualismo del cuerpo y el alma y a la devaluación de la vida corporal, que impedía a las personas la realización de su naturaleza espiritual. Aristóteles subrayó la unidad del principio espiritual de la vida, dividiéndolo en un alma vegetativa, un alma animal (sensitiva) y un alma racional, siendo este último el que participa del espíritu divino del mundo (nous) y que caracteriza la vida humana (animal rationale) como tal. Siguiendo la lógica del pensamiento griego, los Padres de la Iglesia sostenían que el alma era una «sustancia» que, aunque creada por Dios, existe separada del cuerpo y que la vida sólo se convertía en vida humana a través de su inhabitación. Esto dio lugar a la cuestión de cuándo esta alma se incorpora al cuerpo y a partir de cuándo el cuerpo está dotado de un alma espiritual. Algunos padres de la Iglesia (Tertuliano, Agustín, más tarde Martín Lutero) sostenían que el alma es creada y transmitida por los padres junto a su semilla corporal (traducianismo), otros, mientras tanto, que los padres crean la vida física, pero que Dios mismo la dota del alma a través de un acto especial (creacionismo), ya sea al mismo tiempo que la concepción de la vida física por los padres (teoría simultánea, según la mayoría de los padres de la Iglesia, Alberto Magno, Calvino) o en un momento diferente (según Tomás de Aquino siguiendo a Aristóteles). El dualismo platónico entre cuerpo y alma tuvo su continuación en la época moderna en la oposición de Descartes entre espíritu y materia, quien también consideraba el cuerpo humano como una máquina gobernada por el alma racional. La filosofía del idealismo alemán, en particular, orientó su visión del ser humano únicamente hacia las más altas capacidades intelectuales. Un ser humano es alguien que posee espíritu y razón, que participa de lo «divino» y, en virtud del espíritu, se eleva en libertad por encima de su incorporación a la vida natural. Por el contrario, el vitalismo (Ludwig Klages, Friedrich Nietzsche) y el psicoanálisis (Sigmund Freud) destacaban la primacía de los sentimientos, las fuerzas vitales instintivas e inconscientes para la realización de la vida y el materialismo entendía la conciencia sólo como un epifenómeno de los procesos cerebrales materiales. La pérdida de la creencia en un mundo espiritual eterno («lo divino») – especialmente desde que Charles Darwin clasificó al ser humano como parte del reino animal – hizo que su posición especial en el ámbito vital ya no tuviera que justificarse por su participación en el mundo espiritual, sino por medio de la comparación con los logros empíricos de los animales más desarrollados. La vida humana se caracteriza menos por su naturaleza biológica (Johann Gottfried Herder, Arnold Gehlen, Helmut Plessner). El sentido de la vida no es idéntico a los fines biológicos de la vida (conservación de la especie), de modo que el ser humano debe buscar el sentido de su vida y puede configurarlo en libertad sin poder escapar a los límites de la vida biológica. Es consciente de su muerte y la percibe como un problema. Sin embargo, todas estas peculiaridades difícilmente pueden justificar una especialidad cualitativa única de la vida humana sobre una base empírica. Al menos en algunos primates, los inicios de la autoconciencia son inequívocos, aunque todavía no se ha aclarado cómo se desarrolla la conciencia a partir de procesos cerebrales materiales. La afirmación de que la vida humana tiene un estatus especial en términos de ser y, por tanto, también en términos de valor simplemente porque pertenece biológicamente a la especie «humana» también es rechazada hoy por los filósofos positivistas como egoísmo de especie (especialismo) (Peter Singer).
3. La definición teológica
A diferencia de la tradición griega, la Biblia no considera el cuerpo y el alma como dos sustancias separadas. La vida no tiene su fundamento habilitador y sustentador en sí misma, sino que es creación. El principio y el fin de la vida son designios ajenos a la experiencia y las acciones de la criatura. El ser humano también debe su vida a los demás y, en última instancia, no a sus padres – que sólo son causas secundarias (causae secundae) según la tradición teológica – sino a Dios, el Creador como causa primera (causa prima). «Creo que Dios me creó junto con todas las criaturas» (Martin Lutero, Catecismo Menor). También el ser humano depende del don de vida que concede el Espíritu creador de Dios en cuanto a su existencia y su devenir, no sólo al principio, sino a lo largo de toda su vida (Génesis 2:7; Salmo 104:27-30 y otros). El afecto de Dios por su creación constituye la relación existencial que crea y sostiene toda la vida, que tiene prioridad sobre todo lo que Dios realiza mediante los límites de la libertad de acción del ser humano. Depender del cuidado y del amor de los demás, de Dios y de nuestros semejantes, es la estructura básica de la vida que fundamenta, posibilita y limita la mismidad (en alemán: Selbstsein). Al afirmar esta dependencia, el ser humano se entiende a sí mismo como una criatura finita cuyas limitadas fuerzas vitales incluyen la capacidad para el trabajo y la felicidad, pero también para la renuncia, el sufrimiento y la aceptación de la muerte. Una vida satisfactoria no debe confundirse con un estado de salud ininterrumpida. No es un mal la muerte en cuanto límite de la vida, sino el sufrimiento bajo el poder de la muerte que destruye violentamente la vida (Romanos 8:19-23). Dios no solo da al ser humano la vida como algo preestablecido, sino también le da la tarea de formarla. Si bien el ser humano no puede «fabricar» el sentido de su vida, puede abrazarlo como una oferta o un desafío, o perderlo e incluso padecer la falta de sentido. Según la visión cristiana, la buena satisfactoria (en alemán: gelingendes Leben) solo es posible si el ser humano no permanece centrado en su propia autorrealización (Marcos 8:35), sino se abre mediante la fe hacia Dios y mediante el amor hacía el prójimo. La vida se realiza en comunidad y solidaridad (Martin Buber), a partir de relaciones de amor y mediante ellas. La vida terrenal está destinada a participar de la vida eterna de Dios, que no sólo comienza después de la muerte, sino que califica la vida terrenal como vida afirmada y amada por Dios y, por tanto, no se desvanece en la muerte (Juan 11:14-15; 17:3), al tiempo que demuestra que la vida terrenal es un bien que pertenece a la realidad penúltima (Dietrich Bonhoeffer). Lo que hace especial a la vida humana es que Dios ha creado al ser humano para que sea su colaborador, para que escuche y responda a su palabra. El ser humano está destinado y capacitado para responsabilizarse de su propia vida, de la de sus semejantes, de las demás criaturas y del medio ambiente.
4. El derecho a la vida
Según el articulo 2.2 de la Constitución (n. del T.: la constitución alemana), todo ser humano tiene «derecho a la vida y a la integridad física». El derecho a la vida hoy es cuestionado sobre todo cuando los rasgos específicos de la vida humana que la distinguen de la vida animal aún no, ya no o nunca son empíricamente verificables. Lo que se discute es qué hay que proteger: ¿la vida en sí o ciertas cualidades de la vida empíricamente verificables (autoconciencia, autonomía, etc.), a cuya existencia los filósofos empiristas-positivistas (John Locke, Peter Singer, etc.) vinculan el predicado persona y la correspondiente dignidad humana? Son, según ellos, entonces estas cualidades empíricas de la vida que deben ser protegidas. La dignidad personal ya no constituye algo trascendental sino algo empíricamente verificable. Esa dignidad puede perderse por enfermedad y discapacidad o directamente nunca desarrollarse. A esa vida supuestamente «carente de dignidad» (en alemán: lebensunwürdig) se le niega el valor de bien jurídico a proteger, sobre todo si se convierte en una carga permanente para los demás y para la sociedad.
Desde una perspectiva cristiana, la vida humana tiene derecho a la vida ya tan solo por ser vida humana, por ser querida por Dios y creada a imagen de Dios, que sólo se completa en el reino de Dios. Esta dignidad humana, que se fundamenta en el obrar de Dios y es realmente aún futura y trascendente, es ya ahora concedida de modo permanente a la vida toda y a cada momento de la vida biológica, de modo que no puede perderse por enfermedad o fracaso moral. Los predicados dignidad y persona no sólo se atribuyen a determinadas funciones cerebrales neurofisiológicas que posibilitan la vida mental, sino al portador de la vida biológica en su conjunto. Estos predicados no pueden negarse ni siquiera a las primeras etapas de la vida, aunque el grado de diferenciación de la vida pueda llegar a ser éticamente significativo en el caso de conflictos entre vidas. Ninguna vida debe demostrar primero su derecho a la vida mediante cualidades y logros especiales. Una persona es persona por lo que Dios hace en ella y por ella; se convierte en una personalidad empíricamente tangible a través de sus propias acciones o de las acciones de otros (educación, etc.). Incluso detrás de la personalidad rota, tenemos que respetar a la persona querida y amada por Dios y tratarla según su dignidad y necesidad de ayuda, independientemente del beneficio o perjuicio para los demás.
En la medida en que la vida biológica hace posible en primer lugar la vida social y espiritual, es el «valor básico» que debe protegerse siempre. Por ello, según la Constitución alemana, el respeto a la dignidad (articulo 1.1) se concreta en el derecho a la vida y a la integridad física y en la prohibición de discriminar a los discapacitados (articulo 2.2 y 3). Desde una perspectiva cristiana, no existe tal cosa como vida que carece de dignidad (Karl Barth).
El aporte especial que la concepción cristiana de la dignidad humana hace a la ética debe desarrollarse sobre todo en la distinción entre valor (en el sentido de dignidad) y utilidad. La vida humana representa un valor último e intrínseco que, al menos en lo que se refiere a su existencia misma, no debe calcularse en función de su «beneficio para algo o alguien», de su utilidad, y no debe utilizarse meramente como medio para un fin (Immanuel Kant). Es ética y teológicamente controvertido si la vida no humana tiene también un valor intrínseco correspondiente. La ley no reconoce tal valor. Los enfoques basados en la filosofía de la vida parten de estas premisas: que una expresión de una voluntad de vivir es inherente – aún con matices – a toda vida; que voluntad de vivir inherente al ser humano y del cual ha tomado conciencia le ordena reverenciar a todos los seres vivos (Albert Schweitzer); que la existencia misma ordena deber (Hans Jonas). Se discute si y como tal deber puede ser justificado sin recurrir a afirmaciones teológicas. Desde una perspectiva cristiana, Dios es el creador de toda vida y le concede el derecho a existir principalmente por su propio bien (Salmo 104). El ser humano debe respetar el hecho de que ha sido creado junto a toda la vida creada y es responsable de ella (Genesis 2:15). Sin embargo, no puede ni debe proteger su valor intrínseco indiscriminadamente, sino de forma gradual según su nivel de desarrollo y su grado de utilidad para la vida toda.
5. La calidad de vida
El término se refiere a las condiciones materiales, mentales y sociales para una vida humanamente satisfactoria, tanto en términos de condiciones de vida objetivamente descriptibles (nutrición, servicios sanitarios, condiciones de trabajo, entorno natural, educación, participación en la vida social, etc.) como de bienestar subjetivo (nivel de vida, nivel de subsistencia). El término surgió durante las crisis ecológicas de los años 60 y 70, cuando se reconoció la amenaza que suponían para la vida la civilización técnica y el crecimiento demográfico (Club de Roma). Crecimiento no significa necesariamente mejor calidad de vida. Particularmente en la medicina se emplea el término «quality of life» (calidad de vida) hoy en día para corregir la medición del éxito de los tratamientos, unilateralmente basada en la prolongación de la vida útil, la remisión de enfermedades, etc. mediante la pregunta por el bienestar subjetivamente percibido y evaluado por los pacientes. Esta orientación en el sujeto (en alemán: Subjektbezug) del concepto de calidad de vida también pretende contrarrestar el peligro de que la medición de la calidad de vida sobre la base de criterios «objetivos» se convierta en una determinación externa que excluya a los pacientes de la asignación de servicios sanitarios, o incluso constate que la vida del paciente carece de valor (en alemán: Lebensunwert). Este peligro sólo puede evitarse si el único objetivo de la medición de la calidad de vida es promover el bienestar de los pacientes individuales, no perjudicarles en lugar de ayudarles mediante el tratamiento, y no denegar servicios sanitarios a personas con una mala calidad de vida por motivos económicos o sociales. La medición cada vez más habitual de la calidad de vida según procedimientos estandarizados la convierte rápidamente en un criterio de exclusión de este tipo.
