El mundo anhela a personas sacerdotales que no se escandalicen por el mundo ni se quejen de él, sino que lleven en silencio la carga de sus hermanos sobre su propio corazón, a personas que ofrezcan toda su alma en la oración por sus hermanos, que recorran el mundo cargados con el sufrimiento de sus hermanos. Sólo por medio de este camino doloroso es posible influir verdaderamente a otra persona. Sólo a este altísimo precio podemos vencer a la gente. A las personas no se las puede vencer con medidas policiales o grandes pensamientos, sino sólo por medio del único camino en el que Cristo nos ha vencido. Pablo expresa una vez el secreto de su éxito misionero cuando, al recordar su labor misionera en Tesalónica en su primera carta a los Tesalonicenses, dice: «Tanto es nuestro cariño para ustedes que nos parecía bien entregarles no solo el evangelio de Dios sino también nuestra propia vida (literalmente: nuestras propias almas), porque habían llegado a sernos muy amados.» Tanto si se nos permite salir como misioneros como si tenemos nuestra tarea en casa, éste es el débil agradecimiento que podemos dar a quien sanó nuestras heridas: su imagen de la cruz debe resplandecer en nuestras vidas.
