Te confieso, mi Señor Jesús, con el corazón quebrantado y contrito, que mi enfermedad es la paga de mis pecados, y lamento de corazón haber ofendido a tu divina majestad y haberme conducido a la desgracia. Dios mío y Señor mío, Tú no despreciarás mi corazón afligido y angustiado. Mírame en la miseria y cura mi corazón destrozado. Perdona todos mis pecados y límpiame de toda mi iniquidad con la que he provocado Tu ira. Señor, Salvador mío, que tan hablaste de forma tan reconfortante al paralítico, consuela también mi alma y decí a mi corazón esta palabra gozosa: «Alégrate, hijo mío (hija mía), tus pecados te son perdonados.» Oh, qué dulce es esta palabra para mi corazón, cuánto refresca el cuerpo y el alma, hasta los tuétanos y los huesos. Señor Jesús, si Tu santa palabra y Tu bondadosa promesa no fueran mi consuelo, tendría que rendirme en mi miseria. Pero creo y estoy seguro de que por Ti, mi Salvador, tengo el perdón de todos mis pecados, que estoy en paz con mi Dios y soy heredero de la bienaventuranza eterna. A esto digo Amén.
