Señor Jesucristo, aquí yazgo en mi enfermedad y reconozco que es por Tu buena y bondadosa voluntad. Porque si ni un cabello puede caer de mi cabeza sin Tu voluntad, ¿cómo podría perder el noble don de mi salud sin Tu voluntad? Oh querido Salvador, guárdame en este conocimiento y séllalo en mi corazón, para que la impaciencia no encuentre lugar en él. Me has preparado como a Ti te gusta verme y quieres hacerme semejante a Tu sufrimiento: por esto te doy gracias, amadísimo Salvador; pues estoy seguro de que Tú no puedes pretender ningún mal, sino que mi enfermedad debe servirme para lo mejor según Tu voluntad. Sé que es bueno para mí que me disciplines y me humilles, para que aprenda tu poder. Ayúdame, Dios mío, a recordar tu disciplina toda mi vida y a guardarme del pecado, para que no me suceda nada peor. Amén. ¡Oh Señor Jesús! Amén.
