Señor Jesucristo, que una vez entraste en el Lugar Santo por Tu propia sangre y obtuviste una redención eterna, ¡concédenos que hallemos consuelo eterno en Tu entrada y Tu redención! Tú has perfeccionado con un solo sacrificio para la eternidad a todos los santificados; así que concédenos ahora también a nosotros, que pedimos tu santificación, que encontremos en tu sacrificio la paz de nuestras conciencias y nuestro descanso eterno. Aunque pecamos innumerables veces y no somos dignos de ser llamados Tu pueblo, nos consolamos según Tu voluntad con la justicia que Dios imputa a la fe e, impulsados por la necesidad y el deseo, nos atrevemos a llamarnos Tu propio pueblo. Oh Señor, que ejerces un sacerdocio eterno, que vives para siempre y oras por Tu pueblo, acuérdate también de nosotros: ruega por nosotros cuando no oramos sino que pecamos, cuando oramos y sin embargo pecamos, cuando somos demasiado débiles, demasiado fatigados, demasiado enfermos de cuerpo y de alma para clamar a Ti. Tuviste que hacerte semejante a tus hermanos en todo, para llegar a ser misericordioso y sumo sacerdote fiel ante Dios, para expiar los pecados del pueblo: sufriste como nosotros, Tú mismo fuiste tentado, y sin embargo, sin pecado, llegaste a ser sumo sacerdote compasivo: así que ahora deja que nuestra debilidad, nuestra enfermedad conmuevan a tu corazón y nos alivien a nosotros que estamos agobiados y cargados. Amén.
