Los que hemos pasado tiempo en compañía de enfermos terminales hemos aprendido de ellos que siempre estamos desafiados a saber más y a ayudar más eficazmente, pero sobre todo a escuchar. A veces no hay respuestas para personas en situaciones aparentemente sin salidas, y no tenemos nada más que ofrecer que una atención silenciosa. Las personas que experimentan «dolor del alma», como lo describe Michael Kearney, nos enfrentan no sólo a sus necesidades, sino también a las nuestras. Un sentimiento de impotencia puede hacernos retroceder o escapar hacia una hiperactividad ferviente que bien puede agravar el sufrimiento del paciente. También existe el peligro muy real de que la desesperación del cuidador por sentir que no se puede revertir la situación plantee implícitamente la solución del suicidio asistido por un médico, como se practica en Holanda.
Si somos capaces de resistir estas reacciones negativas y regresar una y otra vez, incluso quienes carecen de las habilidades aquí descritas pueden llegar a un lugar de crecimiento mutuo. Se llega y se cura gran parte del «dolor del alma» a través de la forma en que se brinda el cuidado. La mayoría de las personas, si se les da espacio a través del reconocimiento de su valor como individuos únicos y a través del enfoque multidisciplinar de unos cuidados paliativos eficaces, recurrirán a sus propias fuerzas y recursos y encontrarán una solución a su dolor interior. Ver lo que pueden hacer unos simples gestos de amabilidad puede volver a uno más humilde, y preocupa ver con qué frecuencia se omiten estos gestos. Sin embargo, son los pacientes que nos hacen sentir nuestras limitaciones cuando de vez en cuando aparecen momentos de claridad, aparentemente concedidos desde el fuera de la persona del paciente y del cuidador. Algunos lo llamarían gracia; otros no usan esa palabra, pero aún así pueden reconocer que de alguna manera se ha tendido un puente hacia un lugar de solución inesperada.
Nuestro atareado y cada vez más materialista mundo nos ha alejado a muchos de la profunda sabiduría que aún puede verse en personas de fe consagrada y en otras con una espiritualidad que se encuentra muy lejos de cualquier contenido específicamente religioso. El movimiento hospitalario y de cuidados paliativos se refiere repetidamente a su compromiso no sólo con los problemas físicos y psicosociales, sino también con la necesidad de ayuda espiritual, a menudo sin intentar definirla. Michael Kearney nos presenta aquí un dolor que procede de lo más profundo de la condición humana. No todos tendremos los conocimientos y la capacidad para trabajar con las habilidades que se describen en las fascinantes historias que siguen, pero una conciencia esclarecida de esta área desatendida ayudará a compensar el desinterés actual por las cosas del espíritu. Esperar en silencio al lado de un paciente o satisfacer necesidades prácticas nunca debe menospreciarse ni evitarse, y muchos pacientes encontrarán en ello todo lo que necesitan para hallar seguridad y paz.
Este desafío no debe intimidarnos demasiado. La forma en que se prestan los cuidados puede llegar a los lugares más recónditos y dar espacio a un desarrollo inesperado. A menudo vemos cómo tanto el paciente como la familia pueden encontrar paz y fuerza para sí mismos, sabiendo nosotros que hemos dado tan poco. Las personas que se enfrentan a la muerte ofrecen oportunidades que nunca dejan de sorprendernos. Las veremos más a menudo a medida que ganemos la confianza necesaria para acercarnos a quienes nos rodean sin escondernos tras una máscara profesional, en lugar de enfrentarnos al otro como un ser humano, conscientes ambos de la profundidad de un dolor que, de algún modo, encierra su sanación. A través de este descubrimiento podemos aprender tanto sobre vivir como sobre morir. Las personas al final de sus vidas serán entonces nuestros maestros.
Fuente: Saunders, Cicely, Prologo, en: Kearny, Michael, Mortally Wounded. Stories of Soul Pain, Death, and Healing (Herido a muerte, Historias de dolor de alma, muerte y sanación), Mercier, Dublin 1996, p. 11s.
