Arndt, Johann – La hipocresía es la hidropesía del alma

¿Acaso no hay suficientes que aparentan una fe fingida y exhiben una piedad inventada? 
Que dicen “¡Señor, Señor!” sin que su corazón piense en el Señor; que tienen sin cesar en los labios los santos nombres de Dios, de Jesús, del Salvador, pero llevan a Satanás en el corazón; que creen recomendarse a otros con un hablar vacío y sin alma sobre la Palabra de Dios y sobre cuestiones de la fe; que ponen su cristianismo en atacar con amargura al mundo, en juzgar y condenar con pasión, en mostrar vivamente su indignación contra esto o aquello que estorba su codicia, su ambición o sus malos deseos; que recitan sin cesar versículos bíblicos y aparentan un conocimiento poco común de las Escrituras; pero —¡mira!— todo es cosa de la cabeza y del saber, no del corazón ni de la vida.
¿No hay también quienes, en nombre de Jesús, profetizan, expulsan demonios y hacen muchas obras; que asisten puntualmente a la iglesia y a la Santa Cena; que no faltan a ninguna obra benéfica o de utilidad pública; que dan abundantemente limosnas… pero que en todo ello solo se buscan a sí mismos? Que dicen haber tenido experiencias extraordinarias, visiones del más allá, sueños y revelaciones maravillosas, y pretenden ver en tales señales el sello especial de su cristianismo; que presumen de saber artes y ciencias ocultas.
¡Ay!, todo es un juego impío con lo santo, un orgullo y una soberbia espiritual desmedidos. Quieren satisfacer su ambición de un modo nuevo y que se les llame “maestros”. Quieren, con un brillo forzado y ostentoso, hacer olvidar sus antiguos vicios y convencer al mundo de que han nacido de nuevo. Pero en secreto viven en malos deseos; carecen del verdadero amor hacia el prójimo, de lealtad hacia sus amigos, de honradez en su trabajo, de humildad en la prosperidad y el honor, de serena entrega en la desgracia y la necesidad. Todo es solo piedad exagerada y falsa —no verdadera piedad—; todo es máscara, disfraz, maquillaje, apariencia prestada, sin sustancia ni fundamento firme. Sus manos son las manos de Esaú, pero su voz es la voz de Jacob. (Génesis 27:22)

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¡Ay de quien trate con hipócritas y de ellos aprenda su cristianismo! Contagian y matan como un aliento de peste. Todo hipócrita es como un espectro que vaga oculto en la noche, y por eso debe huirse de él como de un fantasma.
Nada daña más a la piedad que la piedad exagerada y falsa. Seguramente, el cristianismo estaría mucho más extendido en el mundo y habría penetrado con más fuerza en todas las esferas de la vida, si no fuera por esa falsedad que es casi tan antigua como la humanidad —pues tiene en Caín a su antepasado—, y por esa hipocresía que es incluso más antigua que la humanidad —pues tuvo su origen en el diablo mismo, que sabe disfrazarse como ángel de luz—, y que desde el principio roe la médula y la vida de la Iglesia cristiana.

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“¡Cuidense!”, dice el Señor. Amados, es una seria advertencia. Seria cuando estamos rodeados de hipócritas y corremos a cada momento el peligro de ser engañados por ellos; pero aún más seria cuando nosotros mismos somos los falsos profetas contra los que Jesús advierte a sus discípulos.
Entonces resuena con mayor peso aquel solemne “¡Cuidense!”: cuidense de ustedes mismos, para que no caigan en la falsedad y la hipocresía; para que su cristianismo no sea solo apariencia y engaño, sino verdad y sinceridad; para que no se conviertan en lobos rapaces ustedes mismos.
El hipócrita cree engañar a Dios y a los hombres; pero en realidad solo se engaña a sí mismo.
La hipocresía es la hidropesía del alma: da la apariencia de plenitud y de prosperidad, pero alberga la muerte. Cree, con toda seriedad, ser cristiano y mejor que los demás, pero no lo es en absoluto. Se convence de que pertenece al Señor, pero en realidad pertenece a aquel que es el primer mentiroso, el homicida y mentiroso desde el principio. Separa cada vez más a Dios y al hombre, y afianza un abismo que nunca podrá llenarse.  Al final siempre incurre en los ocho “ayes” que el Juez del mundo pronuncia contra los hipócritas (Mateo 23:13-36).
Por eso, que cada uno se examine a sí mismo, para que no se engañe en lo más importante: su eterna salvación. Nada hay más fácil que caer en la hipocresía.

(del Sermón para el 8° Domingo después de Trinidad sobre Mateo 7:15-23)