Lutero, Martin – Evaluar a predicadores

Pero aquí (Mateo 7:15-23) el Señor habla especialmente de los predicadores y profetas, cuya verdadera y propia “fruta” no es otra cosa que exponer con diligencia a la gente la voluntad de Dios, enseñándoles que

  • Dios es misericordioso y compasivo,
  • que no se complace en la muerte del pecador, sino que quiere que viva;
  • y que Dios mismo ha demostrado tal misericordia al hacer que su Hijo unigénito se encarnara;
  • y recibirlo a Él y creer en Él significa consolarse en la certeza de que, por causa de su Hijo, Dios quiere serle propicio, perdonarle sus pecados y darle la salvación eterna.

Si esta predicación se mantiene pura y conduce a la gente a Cristo como el único mediador entre Dios y nosotros, ese predicador está haciendo la voluntad de Dios.
Y esta es la verdadera “fruta” por la cual nadie puede ser engañado ni inducido al error. Pues, si fuera posible que el mismo diablo predicara así, tal predicación no podría ser falsa ni mentirosa; y quien creyera en ella recibiría aquello que ella promete.

Después de esta fruta principal, que es la más importante y segura —y que no puede engañar—, siguen también otras: que la vida del predicador esté en armonía con tal enseñanza y no en contradicción con ella.
Pero esta segunda clase de fruto solo debe considerarse verdadera cuando la primera —la doctrina sobre Cristo— está presente.

[…]

Cuando las malas frutas se dan juntas, de manera que ni la doctrina ni la vida valen nada, entonces piensa que se trata de un espino o de un cardo punzante, en el cual no deberías buscar uvas ni higos; y si te atrevieras a hacerlo, no solo no los encontrarías, sino que acabarías lastimándote y desgarrándote. No importa que la vid tenga una corteza áspera y poco agraciada, o que la higuera tenga una madera débil e inútil; ni que, por el contrario, los espinos tengan una corteza lisa y bonita, o que florezcan con rosas fragantes y atractivas. Lo que importa es el fruto, no la apariencia exterior.

Según este, y ningun otro criterio, deberíamos aprender a evaluar a los predicadores.

(de: Meditación homilética para el 8° Domingo después de Trinidad sobre Mateo 7:15-23)