La gente se preocupa más por obtener su sustento corporal que por alcanzar la verdadera justicia y bienaventuranza. Pues Cristo dice así: «Los hijos de este mundo son más astutos en su generación que los hijos de la luz». Es decir, se esfuerzan más en llevar a cabo sus negocios civiles y en cuidar de su vientre, que en obedecer a Dios y cuidar de la salvación de su alma.
Observen los afanes de todos los hombres, desde el más alto hasta el más bajo. Hablemos de nuestros propios oficios. El artesano trabaja toda la semana, seis días seguidos, y a veces día y noche, para ganar el sustento corporal. Mientras tanto, rara vez piensa en la salvación de su alma y en el día del Señor apenas puede dedicar una hora a escuchar los sermones del Evangelio para tener también alimento para su alma. El mercader recorre tierras y mares, y esto por años enteros; entretanto, no hay para él momento más largo que el que se emplea en escuchar la Palabra de Dios.
En resumen, si la gente dedicara la centésima parte del esfuerzo que pone en la adquisición del sustento a la obtención y búsqueda de la justicia, llevaríamos una vida mucho más honorable y justa. Esto es, pues, una gran y maldita injusticia y, con ello, una perversión; pues Cristo ha prometido que el sustento se nos daría por sí mismo si buscamos primero el Reino de Dios y su justicia. Y no ha prometido que el Reino de Dios y su justicia se nos darían si buscamos ante todo el sustento, sino que ha dicho que quienes quieren enriquecerse caen en tentaciones y difícilmente entrarán en el Reino de los Cielos. Por eso es una gran perversión que descuidemos la consideración de nuestra salvación y busquemos ante todo nuestro sustento.
Se considera al hombre más necio a aquel que, por recoger una moneda de plata del suelo, pierde una de oro. Además, se considera muy necio a quien —mientras toda su casa arde— descuida el fuego y, entretanto, rodea su jardín con un muro para que no sea devastado por los cerdos. Pero mucho más necio es aquel que solo se preocupa de que su cuerpo se conserve y, entretanto, descuida tanto el hambre como el fuego de su alma. Pues, a causa del pecado, nuestra alma comienza a languidecer en un hambre continua, por lo cual no debemos escatimar esfuerzo alguno para sanar el hambre de nuestra alma. Nuestra alma está, además, encendida por un fuego infernal, y por ello no debemos escatimar trabajo alguno para apagar este fuego.
Conocida es la parábola del rico (Lucas 12:16-21) que, habiendo acumulado mucho y prometiéndose una vida agradable, tuvo que escuchar: «Necio, esta misma noche te reclamarán el alma». Así pues, no debemos buscar ante todo el reino de la tierra, sino el Reino de Dios y su justicia.
(Meditación homilética para el 9° Domingo después de Trinidad sobre Lucas 16:1-9)
