Melanchthon, Felipe – La penosa y enquistada preocupación por el dinero y el alimento

Vemos cómo en los tiempos de abrumadora necesidad o de grandes peligros el corazón humano se angustia, y cuán difícil le resulta superar una pérdida temporal. Uno se ve afectado de manera más o menos desagradable por esta experiencia, otro por aquella; sin embargo, todos estamos constituidos de tal manera que la pérdida terrenal nos causa una impresión muy dolorosa. ¡A cuántos una ofensa sufrida a su honor, o una injuria inmerecida, los lleva a la locura! En una palabra: a todos los hombres la pérdida terrenal y temporal les causa una aflicción y un dolor mucho mayores que la pérdida de los bienes eternos.

Se ve, en efecto, qué dolorosa inquietud, qué angustiosa preocupación se apodera del corazón del hombre cuando padece necesidad, o sufre la pérdida de sus bienes temporales, o cuando se ve expuesto al desprecio. Cicerón dice: «Si ya no eres quien antes fuiste, ¿cómo puedes entonces desear seguir viviendo?».

Aquella congoja, aquella ansiedad y dolor nos son bien conocidos a todos. Con tales sentimientos, pues, deberían llenarnos los bienes de la eternidad. Pero, aunque alguna vez despierte en nosotros algo así, ¡qué débil y pasajero es! Dime, ¿te causan tus pecados una ansiedad tan dolorosa como tu dinero cuando no te es enviado puntualmente en el tiempo acordado? ¡Ciertamente no! Aquel dolor por el pecado pasa rápidamente, pero la penosa preocupación por el dinero y el alimento permanece enquistada. Ciertamente la pobreza es una pesada carga, y el proverbio dice: «La pobreza duele»; pero también debería haber en nosotros dolor por nuestros pecados.

¡Con qué esmero se busca prevenir la pérdida del patrimonio temporal! Sin embargo, mucho mayor debería ser la preocupación por cómo podemos guardarnos de los pecados que el deseo de adquirir bienes temporales. Cualquiera se indigna enormemente cuando algo le es arrebatado; pero también debería llenarnos de disgusto y dolor el que seamos pecadores, que seamos tan impuros, tan inclinados al pecado. Corrijamos, pues, nuestra conducta e invoquemos a Dios, de quien se dice: «¡Cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!» (Lucas 11:13). Tal disposición impía, tal profanación de la naturaleza humana, tal seguridad carnal en lo que respecta a las cosas divinas, es lo que Cristo amonesta en el Evangelio.