Este es el verdadero pecado, que se llama asesinato, porque no se asesina el cuerpo, sino las almas eternamente. Es decir, cuando se enseña y se induce a que la gente confíe en sus propias obras, y no en la bondad y misericordia de Dios. Esto no lo pudo soportar Cristo. Nosotros tampoco debemos soportarlo, sino que debemos defender, tanto como podamos, a través de la Palabra (porque no se nos ha mandado nada más): que la gente se aparte de esa enseñanza y no confíe en sus propias obras y méritos, como si a través de ellos pudieran deshacerse del pecado y ser salvos; y que se entreguen de corazón y pongan su confianza únicamente en la misericordia de Dios, que por amor a Cristo quiere perdonarnos los pecados, hacernos justos y salvarnos. Después, se debe decir a la gente que sea piadosa, que no siga sus propias ideas, sino que siga la Palabra de Dios y se atenga a ella. Quien hace esto, usa el templo y el culto correctamente. Quien no lo hace, lo mal utiliza y es un asesino de almas.
El mismo título le da también Oseas a los sacerdotes del reino de Israel, y parece casi como si el Señor hubiera visto ese dicho de Oseas, porque así dice en el capítulo 6:9: «Así como los ladrones están al acecho de su víctima, así también una pandilla de sacerdotes mata en el camino a Siquén, con lo que incurren en un hecho repugnante.» Con esto quiere indicar el daño que causan con la falsa doctrina. Porque donde debían guiar al pueblo al sacrificio de Cristo, lo guían al sacrificio de vacas y bueyes, como si con eso todo estuviera resuelto y no se necesitara nada más para la vida eterna. Con todo esto llenaban las iglesias y las salas, porque ellos sacaban ganancia de ello. Pero la gente no solo perdía el dinero, sino también sus almas y la salvación. Esto no lo puede soportar Cristo, por lo tanto, lo derriba todo.
