¡Qué expresión tan hermosa y profunda del idioma alemán: heimsuchen (visitar)! El Dios fiel quiere buscarte de tal manera que por ello vuelvas a casa, vengas a Él. Suchen (buscar) nos insta a pensar en nuestra propia perdición, mientras que heim (casa) nos recuerda que no estamos en casa, sino perdidos en un lugar extraño.
¡Qué fidelidad en el amor, que se digna a crear tiempo y oportunidad para que el perdido vuelva a casa!
Hay un niño perdido en el bosque por la noche; yace exhausto en el suelo duro y llora. De repente, oye voces conocidas: padre y madre lo llaman por su nombre; los buscadores se acercan. ¿Qué hará el niño? ¿Jugar a las escondidas? ¿Escabullirse tercamente hacia el otro lado? Uno no lo creería posible, pero es una verdad que se repite una y otra vez: la gente se molesta con la forma de la Heimsuchung (visitación) o prefiere mantener su infeliz libertad de estar perdido en lugar de ser llevado a casa.
Así lo hizo Israel, haciendo que Jesús llorara por Jerusalén. Así lo hace algún corazón que conocemos, ¡porque no quiere volver a casa! Si nos dejáramos visitar, no nos quedaría otra opción: querríamos ayudar a Jesús a buscar y traer a otros a casa.
