Agustín de Hipona – Que yo sea un templo digno de ti

Jesucristo, tú, mi anhelo y mi amor, inclínate hacia mí, pues a ti te invoco. Te llamo para que vengas a mi alma, para que entres en ella y la poseas por completo y sin mancha. Porque a un Señor tan puro le corresponde una morada pura. Por tanto, santifícame y límpiame con el poder de tu gracia, para que yo sea un templo digno de ti.

Te amo; oh, concédeme que seas tú todo mi pensamiento y toda mi meditación. Que tu luz me ilumine por completo, para que bajo tu guía yo camine de virtud en virtud, hasta que al final te vea y te conozca, así como tú me conoces a mí. Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios. Por eso te ruego, Señor, por la misericordia que nos ha librado de la muerte eterna, que ablandes mi corazón con la acción de tu gracia y me permitas, por el fuego del arrepentimiento, convertirme en un sacrificio vivo ante ti. Dame humildad y contrición; dame libertad de las cadenas del mundo y el olvido de las cosas pasajeras; no dejes que tema nada temporal e infúndeme un amor por ti que sea fuerte como la muerte y te abrace eternamente.

Despierta en mí un manantial inagotable que fluya hacia la vida eterna. Déjame entrar en tu gozo, para que ya no tema nada más. Guíame para que nada me falte, ¡y condúceme a través de toda oscuridad hasta tu luz sin sombras!

Momento recomendado: Antes de escuchar el Evangelio, antes de leer la Biblia

Posición recomendada: Parado, de camino a la iglesia