El espacio construye mi alma. Lo exterior construye mi interior. […] Los interiores de las iglesas son oscuros debido a la pátina de los suspiros, las oraciones, las dudas de los vivos y de la esperanza de los muertos. Tener una tradición significa ocupar el lugar de los muertos, no solo para asumir sus tareas, sino para participar de la fe y la esperanza de esos muertos. Una iglesia no es una iglesia simplemente cuando está terminada y consagrada. Una iglesia se convierte en iglesia con cada niño que es bautizado en ella; con cada oración que se reza en ella, y con cada muerto que es llorado en ella. No es un santuario por decreto, pero se convierte en un santuario en la medida en que las personas la santifican con sus lágrimas y con su júbilo. No necesito ser elocuente en el espacio sagrado. No necesito decirme a mí mismo en constante reflexión y persuasión quién soy; cuál es el sentido y el objetivo de la vida y de la muerte. El espacio me habla y me cuenta la historia y la esperanza de mis hermanos muertos y vivos. Y así construye mis anhelos y proyectos de vida.
