La construcción de iglesias vive de la riqueza de esa otra Iglesia, que es el pueblo de Dios. Las iglesias, como edificios, también padecen el hecho de que ese pueblo fue traicionado. Si queremos construir iglesias y que esas construcciones sean signos claros y comprensibles del espíritu de Cristo, ese pueblo de Dios debe ser un signo legible de ese espíritu. Por lo tanto, lograr construir bien no es solo una cuestión estética, sino más bien una cuestión del espíritu que nos impulsa. ¿Quiénes somos como Iglesia? ¿Se reconoce todavía el horizonte de la Biblia dentro del horizonte de nuestra Iglesia realmente existente?
El Nuevo Testamento piensa «desde abajo». Piensa desde los enfermos que necesitan al médico. Piensa desde los pobres que necesitan justicia. ¿Desde dónde piensan nuestras iglesias? ¿Quiénes son sus destinatarios? ¿Es la clase media o media-baja, o son los pobres de una comunidad, una ciudad, un país? ¿Qué hay de esta nota fundamental de la Iglesia (nota ecclesiae)?
Nuestros espacios eclesiásticos son, por un lado, testigos de la santidad del Espíritu y, por otro, testigos de la traición. Muchos de nuestros edificios no fueron construidos para la gloria de Dios. A veces son autorrepresentaciones del poder. Hay iglesias bien construidas, pero que no son testigos de la belleza de Dios, sino testigos de los bienes robados a los pobres. Tenemos iglesias que no glorifican a Dios, sino en las que emperadores, reyes, papas, príncipes, gremios y linajes se han glorificado a sí mismos.
