LA APOTHECA ESPIRITUAL

Remedios espirituales para el cuerpo y el alma


Sobre la doctrina de la reconciliación – 2 Corintios 5:17-21 | Hans Joachim Iwand

I.
La doctrina cristiana de la reconciliación es el centro de nuestra fe. Uno de sus mejores representantes del siglo XIX, Martin Kähler, dijo: «todos los estudios bíblicos, dogmáticos y éticos me han conducido a la cuestión de la reconciliación por Cristo, siendo esta la otra cara inseparable, es decir: el fundamento, de la justificación por la fe».

En esta ocasión, también se debe recordar a August Tholuck, quien volvió a destacar la doctrina de la reconciliación de forma nueva y viva, después de que esta hubiera caído totalmente en decadencia durante la época de la Ilustración. Aunque hoy casi nadie lo conozca ni lo lea, es útil recordar que fue la obra de Tholuck, “La doctrina del pecado y del reconciliador, o la verdadera consagración del escéptico” [„Lehre von der Sünde und vom Versöhner oder die Wahre Weihe des Zweiflers“], la que permitió que la doctrina de la reconciliación volviera a entrar en la conciencia de la cristiandad en el siglo XIX. Martin Kähler y muchos otros —incluso no se debe olvidar aquí a Wilhelm Herrmann— están aún bajo la influencia de esta gran tradición. En ello, Kähler debe tener razón: con la doctrina de la reconciliación se volvió a encontrar el centro de la fe cristiana.

Tan pronto como nos referimos a ella, nos situamos en el medio de la gran Ciudad de Dios, donde convergen todos los radios procedentes de los demás ámbitos y distritos. Desde aquí se puede contemplar el todo; a quien le falta este centro, le falta también la conciencia de la totalidad, le falta la claridad y la unidad de su fe.

Intentaremos aclarar esto con un ejemplo. Prescindiendo de las múltiples y casi inabarcables cuestiones que nuestro tema ha encontrado en la historia de la teología —desde Anselmo de Canterbury (1033-1109) y Abelardo (1072-1142), sus dos representantes tan opuestos, hasta el presente—, debe haber un punto en el que se nos haga visible qué quiere decir el cristianismo cuando habla de la doctrina de la reconciliación. ¿Qué es lo opuesto a ella? ¿Se puede pensar también en una relación con Dios en la que la doctrina de la reconciliación no juegue papel alguno o solo uno subordinado? Desde aquí se vuelve comprensible lo peculiar de la revelación bíblica. En la Biblia siempre se habla de Dios, también en el Antiguo Testamento, con la mirada puesta y en relación con la reconciliación. Esto es distinto en la filosofía, y en gran medida también en nuestros grandes poetas; es distinto en todas partes donde se parte de una conciencia inmanente de Dios, dispuesta en la naturaleza humana y que se desea desarrollar. Y es comprensible que, si no hubiera otra cosa que pueda servirnos de orientación en nuestra búsqueda de Dios más que esa sensación de dependencia de un ser supramundano o de una unidad panteísta con Dios, jamás nos encontraríamos con la reconciliación como el tema central de la relación de Dios con nosotros.

No depende de nosotros que se hable de reconciliación, sino de Dios. La naturaleza del hombre no está diseñada para ello. Si se la deja seguir su propio curso, busca a Dios por caminos, experiencias e imágenes totalmente distintos. Preferiría reconciliar a Dios antes que dejarse reconciliar por Él.

Pero quien encuentra al Dios real —no a uno ideado o soñado, sino al Dios que nos reconcilió consigo cuando aún éramos enemigos, que nos salva donde nos perdemos, que entra en escena de forma soberana y maravillosa para revelarse como Señor y Reconciliador del mundo y de los hombres (precisamente de ese mundo que procede de Él y existe para Él)—, ese sentirá la diferencia que existe entre la Biblia y su hablar de Dios, por un lado, y nuestro pensar y sentir, por el otro. Por eso, a la Biblia le gusta llamar a esta acción reconciliadora de Dios en Jesucristo un mysterium, es decir, un secreto de Dios que solo se revela desde Dios mismo, que no podemos forzar ni descifrar aparte de Él. Así, no es el «Dios de los filósofos», como lo llamó Pascal, de quien se trata en la doctrina de la reconciliación, sino que es el Dios de Israel, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios del Antiguo y del Nuevo Testamento, el que ocupa aquí nuestros pensamientos. Y de este modo damos un paso fuera del mundo de la Ilustración y del sentimiento del panteísmo, donde nunca se llega a un verdadero encuentro frente a frente entre Dios y nosotros.

Quién es Dios y quién soy yo, eso permanece allí [en la Ilustración y el sentimiento del panteísmo] siempre oculto. Solo allí donde Dios mismo entra en escena como Reconciliador, se revela como quien es y, al mismo tiempo, pone de manifiesto quién soy yo.

Quizá Calvino, en cuya teología la reconciliación juega un papel tan significativo, puso por eso en primer plano la tesis de que en la religión cristiana se trata de la cuestión de quién es Dios y quién soy yo.

No puedo medir ni comprender esto por el mero recuerdo de que Dios me ha creado o de que soy un ser finito en relación con Él como el Infinito; ni porque Dios nos rodee por todas partes o habite en nosotros como vive y está en todo lo viviente, pues con ello Él aún no ha salido de sí, no se ha mostrado en su ser Dios, no es asible según lo que es. Aquí no hay un verdadero «tú» frente a Él, y no puedo decirle: «Señor mío y Dios mío»; aquí Él está en todas partes y en ninguna. Pero allí donde Él entra en escena como el Reconciliador en su Alianza, donde quiere estar presente en medio de nosotros, entonces se nos permite decir: ¡Vengan y vean! Allí se habla de Jerusalén y Gólgota, allí se proclama ¡Jesucristo, el Señor!

II.
Quien crea poder prescindir de la reconciliación con Dios, quien busque al Dios con el que ya es uno antes de que Dios establezca esa unidad, verá siempre la Escritura vacía; se entregará a otros pensamientos y sentimientos más fáciles sobre Dios y lo divino. Pues el Dios de la Alianza, tanto de la Antigua como de la Nueva, de la Alianza del Sinaí y de la Alianza del Gólgota, quiere ser reconocido y creído como aquel que, como Reconciliador, se pone en relación con nosotros y a nosotros con Él; aquel que – como Karl Barth antepone en su nueva y monumental doctrina de la reconciliación – «¡está con nosotros!».

Queremos aclarar esto con un pasaje especialmente rico en contenido del Nuevo Testamento —pues del Nuevo recibe también el Antiguo su luz y su justificación—: 2 Corintios 5:17-21. Se podría decir que aquí, verdaderamente en un solo punto, se resume todo lo decisivo para la doctrina de la reconciliación. Cada una de estas frases de gran peso es un artículo de fe por sí misma.

1. Del versículo 17 se desprende que en la reconciliación se trata de una nueva creación, no solo de una mejora o restauración del viejo hombre. «si alguno está en Cristo, ya es una nueva creación». Pablo quiere decir, supongo, que allí donde Dios actúa como Reconciliador en Jesucristo, nos sale al encuentro como Creador, y que podemos contemplar toda su obra de reconciliación como si contempláramos el secreto más propio y profundo de nuestra vida. ¡Se nos permite estar presentes y ver cómo Dios realiza en nosotros el milagro de la vida! Esto es más que el mero milagro de haber nacido y de existir; esto es recién su cumplimiento. Aquí, el llegar a ser y el conocer son uno solo.

2. Este milagro consiste en que era Dios quien en Jesucristo reconciliaba al mundo consigo mismo. Se trata de la presencia de Dios en el hombre único, Jesucristo, que murió y resucitó por nosotros. En Jesús, Dios está actuando, reconciliando al mundo consigo. Así ha entrado en este mundo por medio del hombre Jesús, y así quiere ser creído y aceptado por nosotros: que nos dejemos reconciliar con Él. Solo una sombra, solo un presentimiento lejano, oscuro y turbio es toda conciencia de Dios innata y remanente en el hombre frente a esta gloria suya que sobrepasa aquello por lo cual pudieramos pedir o que pudieramos comprender.

3. Pero no solo existe el acto de reconciliación de Dios en Jesucristo, sino al mismo tiempo el ministerio de la reconciliación. Así como el sol no puede salir sin que sus rayos recorran la tierra, Dios, con el acto de la reconciliación, también ha instaurado el oficio de la reconciliación. Ese es el servicio de la Iglesia. Lo que sea que ocurra en la Iglesia no debería ser otra cosa que la continuación de este acontecimiento, de esta inaudita cercanía y amabilidad de Dios, tal como se hizo realidad de una vez para siempre en Jesucristo. Este sol jamás ha de ponerse. Lo que sucedió cuando Dios reconcilió al mundo consigo por mediod e Jesucristo, «no tomándonos en cuenta nuestros pecados», debería suceder en todas partes donde se proclama la palabra de la reconciliación, es decir, donde la reconciliación se anuncia con el poder de la palabra de Dios. Nótese bien que la «palabra de la reconciliación» no corre por el mundo por sí sola; es necesario un servicio especial para que el mundo, que no ha comprendido esta palabra, sea siempre de nuevo alcanzado e interpelado por ella.

4. Si ahora nos preguntamos en qué consiste esta reconciliación, tropezamos con aquel concepto que en la historia de la teología y de la fe, especialmente desde Agustín y Lutero, jugó un papel tan importante: el concepto de la no imputación [Nichtanrechnung]. Lutero dijo una vez que no se debería menospreciar esta no imputación, pues significa más que el cielo y la tierra. Por naturaleza tendemos a buscar algo «positivo», pero la Escritura nos dice aquí (también podríamos pensar en Romanos 4:8 o Salmo 32) que la primera palabra que un hombre escucha cuando es reconciliado con Dios es un No; un No aparentemente negativo y que, sin embargo, es el verdadero y último positivismo de nuestra nueva vida. El No significa: A los ojos de Dios no eres quien eres a tus propios ojos y a los de los demás hombres; a los ojos de Dios, por amor de Jesucristo, estás para siempre separado y dividido de tus pecados y faltas. ¿Cómo entenderlo? Imaginemos que el mundo fuera como un gran mar; tendríamos que mantenernos a flote, pero hay una carga que nos arrastra al fondo, está colgada de nosotros con nuestra propia naturaleza; hay una inclinación en nosotros que nos empuja hacia abajo, como una piedra al abismo. Nadie conoce el tejido secreto donde nosotros y nuestras faltas estamos entrelazados. La naturaleza humana no es simplemente idéntica a su pecado, y por otro lado el pecado tiene sus raíces en esa misma naturaleza. Nadie puede separar esto sin volverse o superficial o melancólico. Pero la palabra de la «no imputación» significa que Dios ha pronunciado en Jesús el No hacia nosotros que separa la culpa de nosotros y así salva al hombre. Él pronuncia un No absoluto, que ningún tribunal terrenal ni celestial puede revocar. Él me separa a mí mismo de mis propias faltas, de modo que puedo atenerme a su juicio; Él pone su No divino entre mí y mis pecados, de modo que nada ni nadie puede pasar de un lado a otro; Jesucristo está en medio. ¡Este No de Dios —una no imputación!— es mil veces más que todos los «Sí» del llamado «cristianismo positivo», ¡cuyo nombre aún resuena en nuestros oídos!, por más que agraden a nuestro viejo Adán. Primero el hombre debe aprender a creer en este No de Dios, primero debe experimentar que Jesucristo está en el centro, allí donde nadie más puede pisar, para separarnos de aquel mundo de lo maligno y pecaminoso y decir: «No, este hombre no les pertenece a ustedes, sino me pertenece a Mí». Ese es el consuelo del Evangelio, la promesa de Dios: que con su no imputación de nuestra culpa se inaugura un tiempo nuevo y un hombre nuevo, porque…

5. Al mundo, no solo a la Iglesia, le pertenece la reconciliación. No dice: «Dios estaba en Cristo purificando a la Iglesia», sino que dice: «reconciliando al mundo consigo mismo». Esto significa que la reconciliación les corresponde a todos aquellos que pertenecen y están ligados a este mundo perdido y desfigurado. La no imputación de los pecados no es un privilegio que solo valga para personas especiales —personas especialmente serias, piadosas o que sufran bajo su culpa—, ¡aunque por supuesto también para ellas! Pero la reconciliación vale sin reservas. Con este No de Dios —y aquí podemos decir, con este No reafirmado y sellado por medio de la sangre de Cristo— ha sucedido algo similar a lo del principio de la creación, cuando Dios separó la luz de las tinieblas. Así, su No separa al mundo y nuestras faltas entre sí en un acto verdaderamente redentor y salvador; separa el ser de la nada, la vida de la muerte, la justicia de Dios de nuestra injusticia. Así hay que leer lo que aquí está escrito: Reconcilió al mundo consigo mismo, no imputándonos nuestras transgresiones.

6. Pero todo esto solo puede expresarse en forma de exhortación e invitación: «Reconcíliense con Dios». La manera en que Dios acerca la obra de la reconciliación a nosotros ocurre en forma de exhortación (como en la Santa Cena), para que tomemos lo que Él ha preparado para nosotros. También esto indica una situación nueva. Nuestra existencia no la hemos podido elegir; la hemos recibido como nuestro destino. En nuestra primera creación, si se puede decir así, no participamos; Dios habló y se hizo. Ahora no debe ser así. Dios nos quiere presentes como compañeros de su Alianza, como aquellos que estrechan su mano y pronuncian el «Sí» del hombre —del hombre en la Nueva Alianza—; un Sí con el que respondemos en la fe al No de Dios, a su no imputación, y aceptamos la reconciliación como la sentencia de gracia de Dios. Dios mismo quiere cerrar su Alianza con hombres libres, porque han sido liberados. El Sí libre a su gracia debe ser la puerta por la que entramos a la nueva vida. Por tanto, el acto de la reconciliación no se vuelve mío por tradición o costumbre, por educación o por cualquiera de esos caminos mediante los cuales se transmiten las propiedades culturales de generación en generación; aquí el instante lo es todo, aquí se dice: «Si hoy escuchan ustedes mi voz, no endurezcan su corazón» (Salmo 95:7-8; Hebreos 3:7-8). Debo salir de aquello de donde he sido llamado y estrechar la mano de Dios. «Me tiendes tu mano traspasada, que tanta fidelidad me ha mostrado» (Christian Gregor). Es fundamental que este acto de libertad no se pierda en la Iglesia, pues con él se perdería absolutamente la alegría y la actualidad del encuentro con la gracia de Dios. Eso es, pues, la reconciliación con Dios. Es el epítome del gran día de alegría en el que la obra de Dios en Jesucristo llega a su meta en nosotros, en nuestro mundo. Solo que nadie se engañe sobre el precio. Pues esto es…

7. Lo extraño: que aquí, al final de todo este proceso, podríamos pensar que la mera oferta de la gracia de Dios podría bastar. Que ante algo tan grande ofrecido al hombre, cada uno debería abandonar el lugar donde se encuentra, salir corriendo de las esquinas y callejones donde esté para seguir la invitación a la que es llamado. Pero eso es un error. El venir y dejarse reconciliar no es tan fácil. Simplemente no vienen; los invitados no vienen, los elegidos no lo aceptan. Si Dios hubiera fundado la obra de la reconciliación solo en el llamado de sus mensajeros —como algunos creen—, entonces este mensaje se desvanecería como algo fútil e inútil. La palabra de reconciliación de Dios, con la que nos ha salvado y que debemos asir en el Sí hacia Él («debemos» porque se nos «permite», y se nos «permite» porque «debemos»), este No de Dios debe ser puesto ante nuestros ojos de tal manera que sea más que una palabra, un concepto o mero juego intelectual.

    8. Ahora nos encontramos con lo más alto y lo más profundo, con la verdadera veta de oro de la Sagrada Escritura, en aquella profundidad donde sentimos que en ella se dicen y piensan cosas que no se pueden hallar en ningún filósofo, pues ahora llegamos al verdadero fundamento de la doctrina de la reconciliación: «Al que no cometió ningún pecado, por nosotros Dios lo hizo pecado, para que en él nosotros fuéramos hechos justicia de Dios.». Es una de esas frases con las que se puede afrontar la muerte, porque ofrece un consuelo que es más fuerte que la muerte. Y si en toda la vida uno no hubiera comprendido nada más que esto —y este asunto no es nada fácil de comprender, ya que a veces se está más cerca y otras más lejos de él, y hay que luchar cada vez más profunda e íntimamente por llegar a su centro, para agarrarse allí con todo nuestro ser y vida—, entonces uno no habría vivido en vano. Aquí es donde se vuelve totalmente claro quién es Dios, qué ha hecho por nosotros en Jesucristo y quiénes somos nosotros mismos. Aquí es cuando uno sabe lo que significa: Crux unica spes! —La cruz, única esperanza—. Aquí se comprende que no se puede comenzar la vida nueva y divina sin este intercambio. Debemos dejar de vivir de nuestra justicia y comenzar a morir a nuestra propia injusticia con Jesucristo. Este hombre Jesucristo, entregado a la muerte por Dios, es —según afirma aquí Pablo— el pecado universal, el que te abarca a ti, a mí y a todo el mundo, consumido en el fuego del juicio divino. Yo y nosotros nunca lo hemos tomado totalmente en serio, pero Dios sí lo tomó en serio. Aquí y así, en su camino a la muerte, verdaderamente por medio de su sangre, Jesucristo ha atraído al hombre al lado de la justicia divina, lo ha vestido con el ropaje de un nuevo ser. Aquí Jesús, en obediencia a Dios, salió a la noche del abandono de Dios, a la profundidad que ninguno de nosotros puede medir, para que nosotros llegaramos a poseer aquella justicia cuyo sujeto no es el hombre, sino Dios mismo. Reconciliación significa, por tanto, que Dios, por medio del sacrificio de Jesús, ha creado un fundamento real para nuestra existencia, y parado sobre este fundamento aceptamos esta reconciliación porque por medio de esta muerte reconciliadora de Jesús nosotros somos aceptados. Quien quita este fundamento, quien cree que basta con anunciar que Dios es bueno, que es misericordioso, quien quiera fundar la reconciliación solo en eso, ha borrado la gran seriedad de Dios, ha borrado lo que en el lenguaje teológico llamamos la satisfacción vicaria: «Él hizo mi pecado Suyo y Su justicia mía» (Lutero). Este es el intercambio gozoso y, en verdad, la «transubstanciación» del pecado y la justicia.