5 Pero el ángel les dijo a las mujeres: «No teman. Yo sé que buscan a Jesús, el que fue crucificado. 6 No está aquí, pues ha resucitado, como él dijo. Vengan y vean el lugar donde fue puesto el Señor. 7 Luego, vayan pronto y digan a sus discípulos que él ha resucitado de los muertos. De hecho, va delante de ustedes a Galilea; allí lo verán. Ya se lo he dicho.»
Mateo 28:5-7 (RVC)
Con esto llegamos al asunto mismo, al mensaje que se escucha aquí y que deberá ser escuchado una y otra vez. Debemos guardarnos de extraer este mensaje del contexto en el que fue anunciado por primera vez. El ángel no dice «Ha resucitado» a cualquiera, sino a quienes vienen a «buscar a Jesús el Nazareno, el crucificado». Se trata de mujeres que conocen a Jesús. Se trata de María Magdalena, a quien Jesús había librado de siete demonios (Marcos 16:9); se trata de personas que están perplejas, sin esperanza, completamente desilusionadas y desesperadas.
Dios fue vencido, y el mundo —el mundo gobernado por los sacerdotes y las masas, el mundo orginizada por medio de los legionarios y de la fuerza bruta— ha vencido. Aquello que hace un instante parecía ser verdad —que el cielo y la tierra llegaban a tocarse, que el reino de Dios estaba en medio de nosotros, que había luz y verdad, que el ataque de Dios contra el poder de las tinieblas había comenzado y que se rompían las cadenas que el pecado, la culpa, la enfermedad y la muerte imponen al hombre— se ha convertido de pronto en una ilusión.
¿Qué es todo el ateísmo de los paganos frente a este camino hacia la tumba de Jesús de Nazaret? A quien nunca ha creído en Dios, tampoco se le puede matar a Dios. Cuando los paganos dicen: ‘no hay Dios’, en el fondo no están diciendo nada; su sabiduría es una proposición vacía (una mera autorreferencia [eine Identität]), que solo revela la laguna de su propio pensamiento.. Con ello solo manifiestan en qué mundo viven: así vive el gusano que vegeta más allá del mundo de la verdad. Pero María Magdalena vio una vez cómo el cielo se abría, y los discípulos escucharon una vez aquello que no provenía de abajo; todos ellos estuvieron ante el misterio, y la palabra «Dios» dejó de ser un término vacío, impotente y abstracto.
Este es el punto donde debía impactar el golpe que el mundo pretendía propiciarles a los seguidores de Jesús de Nazareth al matarlo a él. Y esto es lo que el mundo escucha cuando el evangelista dice: «¡Ellas fueron a ver el sepulcro!»: eso es todo lo que ha quedado; unos pocos discípulos trastornados, cristianos atemorizados y renegados, y dos o tres mujeres a las que el amor impulsa a llorar su dolor ante la tumba de su Maestro. Y sobre todo ello, el triunfo del mundo, del mal, de la violencia cruda y de la diplomacia religiosa; sobre todo ello, la victoria de los poderes que han decretado que Dios ya no manda aquí abajo.
Este es el contexto de la mañana de Pascua. La verdad ha quedado demostrada como un mero delirio; el muro entre Dios y nosotros, entre su Reino y nuestra autonomía ha sido reforzado (¡estuvo a punto de derrumbarse, pero se ha logrado evitar ese desastre una vez más!). El templo está asegurado, aquel que se dispuso a limpiar el templo ha sido eliminado, Dios está aislado y el Evangelio proscrito, algo en lo que Caifás y Pilato tenían un interés común.
Y esta es la noche en la que las mujeres van al sepulcro; esta es la mañana que lucía tan prometedora y que debía convertirse en el alba de una nueva era. Ellas aún no saben qué clase de luz es esa que lanza su resplandor a través de las nubes, pero están a punto de presenciarla de forma directa. En esa noche irrumpe el rayo desde lo alto; en esa alianza, la alianza antinatural entre la Iglesia y el mundo que sellaron sobre el condenado Jesús de Nazaret —los sumos sacerdotes y los herodianos—, irrumpe el anuncio de otra alianza: la alianza entre Dios y este Ejecutado.
Y aquí tenemos la alegría pascual, a la que induce el Espíritu Santo a estas dos mujeres como las primeras de la comunidad de los desesperados, como la patrulla de avanzada; aquí también tenemos a Dios distinguiendo la debilidad por encima del orgullo herido de los hombres; aquí tenemos también a Dios levantando su instrumento del abismo para confrontar de nuevo al mundo autosuficiente con el Crucificado.
No, la piedra que sellaron no se convirtió en la piedra final de esta historia. Y por más que la alianza entre la Iglesia y el mundo vaya hasta el extremo, precisamente desde el extremo, es decir: desde la muerte, se iniciará el contraataque de Dios contra la fábula de que era posible matarlo. «Porque era imposible que la muerte lo venciera.», predicará pronto Pedro (Hechos 2:24), dándose testimonio contra su propia incredulidad; «como él mismo dijo», escuchan aquí las mujeres atestiguar al ángel. Era necesario que Jesús muriera y resucitará así, comprenderán finalmente los discípulos con la ayuda del extraño maestro que se les une en su camino doloroso hacia Emaús.
Y todo esto se presenta a la luz de un resplandor que revela precisamente la luz, de modo que todas las dudas se desvanecen; la evidencia de la verdad misma está sentada sobre esa piedra removida, y el sepulcro se convierte ahora en testigo de que, con todo esas artimañas audaces y malvadas del mundo, no se ha ganado nada, absolutamente nada. El Muerto vive, y en la tumba yace ahora la muerte misma. Aquí la muerte ha ido demasiado lejos:
Fue una guerra asombrosa,
donde la muerte y la vida combatieron;
la vida obtuvo la victoria, devorando a la muerte.
– Martin Lutero, Cristo yacía atado por la muerte [Christ lag in Todesbanden]La muerte y la vida se enfrentaron en un duelo asombroso;
el Dueño de la vida, tras estar muerto,
reina vivo.
[Mors et vita duello conflixere mirando, Dux vitae mortuus regna vivis.]
– Alabanzas a la Víctima Pascual [Victimae Paschali Laudes]
Pero la muerte no acertó el golpe, porque la vida era eterna.
– Martin Lutero, Sermones domésticos
Y mientras los guardianes del sepulcro yacen allí aún más embotados e insensibles de lo que estaban cuando montaban su guardia estúpida —una advertencia, por cierto, para todos aquellos que se dejen contratar para ejercer semejante oficio en un lugar tan peligroso en el futuro—, comienza un debate entre el ángel y las dos mujeres como probablemente nunca se ha mantenido otro en la tierra. Solo escuchamos algunos fragmentos, pero nos muestran hacia dónde las quiere llevar el ángel: no deben temer, deben dejar que su corazón se llene de la «gran alegría».
Dios quiera que en el mensaje que emana del sepulcro abierto se note, hasta hoy, ese conotación del «temor» (ahora, obviamente, el temor auténtico, el que se debe a Dios) y de la «gran alegría». Estas mujeres aprendieron algo ante la tumba que no se puede aprender en ninguna escuela: aprendieron la duda, la duda pascual, que duda de todo, de la muerte y del triunfo de los poderes que pusieron a su Señor en la tumba, de todo el mundo y de su ocaso, de su pecado y de su aparente finitud y la alta densidad de la muerte; aprendieron a dudar de todo, excepto de una cosa: de Jesús.
Ante el sepulcro abierto, se postran a sus pies y lo adoran. En esta noche profunda, cuando detrás de la cruz aparece la oscura, maligna e inmóvil tarántula1 con todos sus colores que advierten su veneno, el ángel con su vestidura pura está sentado, como quien ha terminado su labor, y dice a quienes tuvieron que mirar al rostro de la tarántula: ¡No teman! ¡Alegrense! Nada de eso es verdad. Verdad es lo que solo puede ser verdad: que Jesús no está aquí abajo. Verdad es que el mundo se ha sobreestimado con la ejecución de Jesús. Verdad es que la historia sigue su curso de la mano de Jesús, tal como era desde el principio: comenzó en Galilea y seguirá su curso desde Galilea. Verdad es que se dirá: ¡A pesar de todo, venciste, hombre de Galilea! [Tamen vicisti, Galilaee!].
- Iwand hace referencia a una imagen del existencialismo ruso, representado la araña o la tarántula el destino ciego, mecánico y devorador, p.ej. en Dmitri Merezhkovsky, Jesús el que viene [Jesus, der Kommende]. ↩︎
