LA APOTHECA ESPIRITUAL

Remedios espirituales para el cuerpo y el alma


La desarticulación de la idolatría a la muerte | Dietrich Bonhoeffer

¡Ecce homo! ¡Miren al ser humano aceptado por Dios, juzgado por Dios y despertado por Dios a una nueva vida! ¡Miren al Resucitado!. El «sí» de Dios hacia la humanidad ha alcanzado su meta a través del juicio y de la muerte. El amor de Dios por el hombre fue más fuerte que la muerte. Por un milagro de Dios, se ha creado un nuevo ser humano, una nueva vida, una nueva criatura. «La vida obtuvo la victoria y ha vencido a la muerte». El amor de Dios se convirtió en la muerte de la muerte y en la vida del ser humano. En Jesucristo —el Dios hecho hombre, crucificado y resucitado— la humanidad se ha renovado. Lo que ocurrió en Cristo nos ocurrió a todos, porque él era el Hombre. El nuevo ser humano ha sido creado.

El milagro de la resurrección de Cristo desarticula la idolatría a la muerte que domina entre nosotros. Allí donde la muerte es la última palabra, el miedo se mezcla con la rebeldía. Donde la muerte es lo definitivo, la vida terrenal lo es todo o no es nada. El empeño por alcanzar eternidades terrenales se combina entonces con un juego frívolo con la vida; la afirmación compulsiva de la existencia se mezcla con un desprecio indiferente hacia ella. Nada delata más claramente la idolatría a la muerte que el pretender construir una era para la eternidad cuando, al mismo tiempo, la vida no vale nada. Se pronuncian grandes discursos sobre un «hombre nuevo», un «mundo nuevo» o una «nueva sociedad» que debe surgir, pero todo eso «nuevo» consiste únicamente en la aniquilación de la vida presente.

Esa radicalidad del «sí» y del «no» hacia la vida terrenal solo revela que la muerte es lo único que cuenta. Arrebatarlo todo o desecharlo todo: esa es la actitud de quien cree fanáticamente en la muerte.

En cambio, donde se reconoce que el poder de la muerte ha sido quebrado, donde el milagro de la resurrección y de la nueva vida brilla en medio de este mundo de muerte, allí ya no se le exige eternidad a la vida. Allí se acepta de la vida lo que esta ofrece, no como un «todo o nada», sino recibiendo el bien y el mal, lo importante y lo intrascendente, la alegría y el dolor. Allí no nos aferramos a la vida con desesperación, pero tampoco la desechamos a la ligera. Uno se conforma con el tiempo asignado y no le atribuye eternidad a las cosas terrenales; se le permite a la muerte el derecho limitado que todavía conserva.

Sin embargo, al ser humano nuevo y al mundo nuevo se los espera únicamente desde el más allá de la muerte, desde el poder que la ha vencido. El Cristo resucitado lleva en sí a la nueva humanidad: el último y glorioso «sí» de Dios al nuevo ser humano. Es cierto que la humanidad aún vive en lo antiguo, pero ya ha ido más allá de ello; vive todavía en un mundo de muerte, pero ya está más allá de la muerte; vive aún en un mundo de pecado, pero ya ha superado el pecado. La noche no ha pasado todavía, pero ya está amaneciendo.

El ser humano aceptado, juzgado y despertado por Dios a una nueva vida es Jesucristo; y en él, lo es la humanidad entera: lo somos nosotros. Solo la figura de Jesucristo es la que se enfrenta victoriosamente al mundo. De esta figura nace toda configuración de un mundo reconciliado con Dios.

Bonhoeffer, Dietrich, Ethik, München: Chr. Kaiser Verlag 1988, p. 83s.